Conflictos

La Eterna Dialéctica entre el Atropello y la Impericia: Algunos Pensamientos sobre la Conservación de la Naturaleza, el Estado y las Limitaciones del Consenso

Por Adrian Monjeau (1), ParksWatch Cono Sur


El Dr. Adrián Monjeau es Ecólogo (UNLP), Doctor en Ciencias Naturales (UNLP), post-doctorado en el Department of Ecology and Evolution University of Minnesota, USA. Investigador del CONICET. Especializado en problemática de la biología de la conservación desde el punto de vista técnico, político y filosófico. Tiene más de 50 publicaciones científicas y ha realizado más de 100 presentaciones en congresos nacionales e internacionales; es coautor de 8 libros de su especialidad. Ha realizado más de 50 estudios técnicos de consultoría en problemática ambiental en relación con áreas protegidas. Es consultor de Banco Mundial, PNUD, Union Internacional para la Conservación de la Naturaleza , World Wildlife Fund. Actualmente es director del IARN (Instituto de Análisis de Recursos Naturales) y director de la organización Parkswatch/Greenvest para el Cono Sur de Sudamérica.


Las primeras áreas protegidas se crearon como superficies aisladas de los objetivos de transformación de los paisajes naturales que acompañan al desarrollo económico de las sociedades. Ya desde sus comienzos, en la época de Muir y Leopold, aparecieron conflictos entre quienes pensaban proteger la naturaleza por su valor intrínseco versus los que defendían la postura de que los parques nacionales (y por supuesto el resto del planeta) deben someterse a la conveniencia humana.

El incremento poblacional y el auge del tecnocapitalismo occidental provocaron un mapa en donde la huella humana ha domesticado casi todas las planicies fértiles de la tierra. Una fuerza devastadora ha homogeneizado y simplificado los paisajes con un propósito muy claro: hacerlos accesibles al brutal lenguaje de la multiplicación de capitales (que aborrece la complejidad con tanto entusiasmo como todo lo que desconoce o no entiende). La diversidad biológica, la vida silvestre, grupos etnolinguísticos y otras minorías sobrevivientes a la occidentoxicación, quedaron acorralados en los últimos rincones del planeta, adonde todavía las rutas del mercado global no han podido llegar: notablemente, buena parte de los sitios en donde hay mayor diversidad biológica también contienen la mayor cantidad de lenguas. Occidente no habría sido posible sin esta devastación.

 

El extremo de conservación estricta
o "parques sin gente"

Es decir que en muchos sitios la naturaleza sobrevive gracias a la inaccesibilidad -causado por la falta de desarrollo- y no por mérito conservacionista de los gobiernos. ¿Y qué pasa en los lugares adonde los mercados sí pudieron llegar?. Es en estos sitios, cuyos ecosistemas están completamente modificados, donde las áreas protegidas de conservación estricta han demostrado su capacidad para resistir a los embates de ese oximoron llamado progreso (2). Si no fuese por el esfuerzo pionero de unos pocos hombres capaces de ver el futuro, hoy no podríamos disfrutar de estas maravillas que esconden los últimos paraísos de la tierra.

Si bien las áreas protegidas son la herramienta más eficiente y necesaria que conocemos para proteger lo último que queda de vida silvestre, no son suficientes para detener la debacle. Los científicos de la conservación han comprendido que las áreas protegidas, si están aisladas, no pueden alcanzar sus objetivos de proteger la diversidad y las funciones naturales. La naturaleza tiene que estar completa para que sus ecosistemas funcionen. Para ello, es necesario manejar grandes superficies de conservación interconectadas entre si. Se ha pasado del concepto de islas al concepto de corredores. Paradójicamente, un conjunto de islas está unido por aquello que lo separa. Si podemos mitigar la resistencia al intercambio de genes y materiales entre las islas inmersas en el "océano", entonces hemos logrado un corredor. A su vez, para lograr este objetivo, surge la necesidad de manejar ecosistemas enteros. Estas limitaciones biológicas de los archipiélagos de áreas protegidas se suman a problemáticas que exceden el ámbito de la biología, ya que el manejo de ecosistemas enteros implica acomodar el mejor mosaico posible entre actores sociales con intereses diversos que se superponen de manera muy compleja con los objetivos de conservación.

El consenso es la actitud deseable para lograr estos objetivos de conservación a escala ecosistémica. Esto no significa que ese consenso pueda coincidir con las decisiones ecológicamente correctas en cada cuadricula de este complejo mosaico, ya que el consenso encuentra su límite cuando los difusos intereses colectivos implican restricciones en los intereses individuales. Parafraseando a Garret Hardin podríamos conjeturar que el "yo-aquí-ahora" tiene una fuerza descomunal sobre el débil "todos-allá-después". Esta "ley de la huella humana" es la que, en última instancia, ha estructurado el mapa del mundo actual y sus tendencias. Teniendo en cuenta esta ley, resulta evidente que es el Estado (en representación de todos, en todas partes y a largo plazo) el instrumento de integración del mosaico, cuya principal acción concreta es terriblemente paradójica: impedir- en representación del hombre- que el hombre sea lo que es. Una necesidad de sujetar a los individuos para que la coexistencia sea posible.

Esta contundentemente demostrado que un área natural sin gestión de conservación de algún tipo termina siendo transformada por las presiones externas e internas. ¿Cuánto espacio silvestre está a salvo de presiones de transformación?. En un estudio reciente, mi grupo de investigación ha demostrado que el total de la superficie protegida con conservación estricta (3) sin ningún tipo de presión de su entorno es de alrededor del 8% en América Latina (sobre un total de 1511 áreas protegidas analizadas). Obviamente resulta insuficiente para cumplir con las funciones de preservación de la diversidad biológica, endemismos, y funciones ecosistémicas indispensables para la economía humana y natural, tales como la fertilidad de los suelos, la regulación de la temperatura planetaria y el suministro de agua. Si el 92% restante depende -en cierto modo- de lograr un consenso de voluntades conservacionistas con el entorno social circundante, la pregunta central de este ensayo es: ¿hasta qué punto el Estado puede sostener sus decisiones ecológicamente correctas respetando el dictado de dicho consenso?

El problema no es sencillo: parece haber una proporcionalidad inversa entre lo políticamente correcto y lo ecológicamente correcto. Hoy en día, los movimientos de conservación de la naturaleza se encuentran atrapados en una encrucijada cuyas formulaciones extremas están basadas en dos mitos o creencias en relación dialéctica: 1) es imposible hacer conservación efectiva con la gente; 2) es imposible hacer conservación efectiva sin la gente. Resulta fácil adivinar que la coexistencia de estas interpretaciones extremas genera una gran confusión o aturdimiento en las políticas conservacionistas. Esto hace que, obnubiladamente, el motor que mueve la historia de la conservación sea una dialéctica entre el atropello y la impericia.

El atropello está ejemplificado en los primeros errores que se han cometido en la historia de ocupación de la tierra y su posterior ordenamiento territorial. Las áreas protegidas -precedidas de una historia de usurpación y genocidio a escala regional- se encuentran en problemas con los derechos de los pueblos originarios desplazados de sus tierras por la fuerza. En este extremo del espectro, es entendible la inviabilidad planteada en el mito 1, ya que en la memoria de la gente usurpada hay un "karma" en contra de la conservación, como un símbolo de una imposición de un enemigo extranjero que lo expulsó de sus tierras originarias. Las presiones por volver a utilizar los recursos naturales de sus antiguos bosques, valles y praderas (también entendibles) inflaman la conciencia pública hacia la validación del mito 2. Luego, cuando el Estado cede las tierras, la falta de prioridad conservacionista de dichas gentes en sus modos de subsistencia (otra vez entendible y justificable) tiende nuevamente a validar el mito 1, y la dialéctica sigue. Y seguirá Hegel gritando "!te dije!" desde las bibliotecas (4).

 

El extremo de conservación con recursos manejados o "parques
para la gente"

La impericia consiste en pretender pagar las deudas del atropello con áreas protegidas. Esa es una actitud demagógica y cortoplacista, que compromete los derechos de millones de personas a vivir en un ambiente sano, que pone en peligro la habitabilidad del planeta y que -para colmo de males- ¡tampoco paga la deuda de una vergonzosa injusticia que tiene dimensiones continentales!. Tapar errores con errores no parece el camino más sabio hacia una sociedad justa, étnicamente integrada y adecuada a su ecosistema, más bien parece el camino hacia el posicionamiento político de unos pocos individuos oportunistas que se aprovechan de los vaivenes del consenso. De este modo, favorecen el proceso de la deconstrucción del Estado en aras de un retorno a la tribalización territorial (5).

En estos días se pretende alcanzar "el fin hegeliano de la historia" resolviendo la dialéctica con un cambio de paradigma en cuanto a las funciones prioritarias que las áreas protegidas deben cumplir. El paradigma llamado proteccionista, que defiende la necesidad de la conservación estricta, está siendo desplazado por un paradigma llamado socioambientalista, que prioriza las funciones sociales de la conservación, enarbolando la bandera del desarrollo sustentable como principal accionar. En esta línea se ha planteado que las áreas protegidas estrictas son inviables en situaciones de alta presión social, porque la gente no las quiere. Esta argumentación es tan peligrosa como decir que los semáforos son inviables en esquinas con mucho tránsito y que el consenso determina que hay que sacarlos, porque a la gente no le gusta detenerse cuando les toca rojo (6).

Como consecuencia de estas tendencias, las promesas del llamado desarrollo sustentable se están llevando a cabo en áreas protegidas con categoría de recursos manejados. En la mayoría de los casos, se abren las áreas buffer o de reserva al uso humano sin que pueda establecerse diferencia alguna (en cuanto a metas de conservación) con establecimientos puramente productivos fuera de los parques. Este es un punto importante: si el desarrollo sustentable sirve para corregir un desarrollo pre-existente mitigando los daños ambientales y haciéndolo más eficiente que antes, pues…felicitaciones. Pero si el desarrollo sustentable se disfraza de una nueva utopía para meter su enmascarada garra en recursos naturales antes inaccesibles, entonces el aliado se convierte en traidor.

Las áreas protegidas deberían sostener las funciones para las que fueron creadas y las supuestas metas de desarrollo sustentable deberían implementarse en el resto del planeta. Pero esto no es así: el resto del planeta se está devastando a un ritmo alarmante y las áreas protegidas relajan paulatinamente sus fronteras. El deterioro de la vida silvestre no es un sacrificio en aras del bienestar de la sociedad, no nos engañemos: la devastación de los recursos naturales avanza tan rápido como el hambre, la desigualdad y la pobreza. Como en los tiempos de la "evangelización", una vez más, la naturaleza es empujada a los rincones improductivos del mundo respondiendo a discursos disfrazados de palabras hermosas como igualdad, bienestar, equidad, democracia, humanidad, pero que en los hechos demuestran ser una elegante justificación para la rapiña y la codicia del mercado globalizado. En buena parte la huella humana ha avanzando en desmedro de la naturaleza "en aras de la libertad". Si los espacios naturales quedan "liberados" del cuidado del Estado, su futuro es directamente proporcional al tiempo que los mercados (libres) tarden en llegar a sus recursos (y con ellos a las etnías que allí habitan). En la tremenda confusión existente en este momento, se ha llegado a pensar que los movimientos indígenas son enemigos de la conservación. Por el contrario, la diversidad cultural y natural está amenazada por el mismo enemigo: es un gigante que avanza a los pisotones. Es tan gigante que es invisible para la mirada local. Si por este gigante fuese, no quedaría un metro cuadrado de naturaleza fuera de su gula.

Volviendo al tema de las nuevas utopías y teniendo en cuenta que la capacidad de producción sustentable de la tierra para alimentar a la pantagruélica boca humana fue alcanzada y superada cerca de 1978 (y esto sin considerar las necesidades energéticas de las otras especies), más que de "desarrollo sustentable" deberíamos hablar de "retroceso razonable". El retroceso es razonable porque pretende reemplazar el devenir de un escenario catastrófico, irracional, típico de los naufragios. Es indispensable implementar un programa de reducción de la huella humana, tanto en cantidad como en intensidad. Eso nos incluye a todos (7).

Una sociedad humana ambientalmente posible tiene que ser mucho menor y dotada de una actitud copernicanamente diferente respecto de la naturaleza. La revolución copernicana (8) consiste en sacar al hombre de la centralidad epistemológica (como lo pide Foucault) en los discursos conservacionistas (9). Hay porciones de los ecosistemas en donde la naturaleza tiene que estar completa para funcionar, y que no necesitan, ni resisten, la presencia humana. Los humanos necesitamos espacio para sostener nuestro bienestar (y las áreas protegidas tienen mucho que ofrecer), pero es inviable pretender que necesitamos todo el planeta para actividades productivas. Ya está visto que ni siquiera alcanza un planeta entero sino le ponemos límites a nuestro pantagruélico apetito. Porque tampoco seria posible la economía humana si no dejamos a la naturaleza funcionar correctamente: la dialéctica se resuelve comprendiendo que la única manera de adaptarnos a un futuro posible es cediendo espacios en un mosaico de coexistencia.

En esta encrucijada que estamos analizando, vemos que uno de los principales problemas que debe enfrentar el Estado para hacer conservación efectiva en un mosaico de coexistencia es la tensión que existe entre los intereses públicos y los intereses individuales. Los individuos priorizan sus intereses en el corto plazo y en el reducido ámbito de la conveniencia de su grupo. Esa- la ley de la huella humana- es la principal tragedia de la ecología. La aseveración de Hobbes en el siglo XVII "homo homini lupus" (10) es de difícil refutación por los hechos de la historia. Si los hombres se destruyen unos a otros en defensa de sus intereses, resulta ingenuo pensar que un consenso mayoritario pueda interesarse por seres vivos de otras especies, por las generaciones humanas por venir o por lo que -en general- pueda ocurrir con el planeta en escenarios futuros. Es muy difícil lograr que las generaciones actuales sacrifiquen siquiera un poco de su bienestar presente en aras de un futuro mejor. Esta conducta de supervivencia de los presentes más aptos es "razonable" si la basamos en un argumento demoledor: como el sentido del tiempo es unidireccional, el presente no depende en absoluto de lo que vendrá en el futuro. ¿Qué ha hecho el futuro por nosotros como para que nosotros hagamos algo por él?. Sin embargo, como dice el filósofo Sergio Cecchetto, dado que la relación inversa es opuesta (por la relación causa-efecto), la irresponsabilidad de las generaciones pasadas hacen que "ese futuro" se haya hecho presente en nuestra vida cotidiana. Los proyectos ecológicamente correctos a escala global, como el mantenimiento de la funcionalidad de los ecosistemas, exceden los tiempos de vida de las generaciones presentes. Resulta evidente que es el Estado el que tiene que tomar decisiones para el bien común, a escala global y a largo plazo, porque de ello dependerá la supervivencia a futuro. Sin embargo -como decía Ortega y Gasset en La rebelión de las masas- el gobierno vive al día, se recluye en el presente, esquivando el conflicto de cada hora sin resolverlo, impuesto por las urgentes circunstancias del momento, no alude para nada al futuro ni construye nada para la supervivencia a largo plazo, aunque sus posibilidades de hacerlo sean enormes.

Esta lección evolutiva de la supervivencia a futuro la han "aprendido" los animales. Las termitas africanas, por citar un ejemplo conocido, construyen edificios descomunales, con ductos de ventilación para regular la temperatura interna, liberar el excedente de dióxido de carbono, con granjas interiores, incubadoras, rutas y habitaciones para alojar una megalópolis de millones de termitas. Esa construcción, que garantiza la supervivencia del enjambre presente y futuro, excede por lejos la duración de la vida de una termita individual. Sin planos, sin Estado, sin ciencia ni inteligencia, han logrado una obra social exitosa de complejidad inigualable para los humanos si lo proyectamos a escalas de tamaño relativo. Resulta paradójico que los mejores ejemplos de "decisiones" ecológica y evolutivamente correctas en el largo plazo, sean protagonizados por poblaciones de individuos que no tienen ni la menor capacidad para razonar o para escoger mediante el voto entre decisiones alternativas. El mismo ejemplo vale para las hormigas, la diversidad bacteriana intestinal o las sociedades de abejas.

Seis mil millones de humanos, dotados de un cerebro miles de veces más grande que el de una termita o abeja, priorizamos los intereses individuales por sobre los colectivos y ponemos en juego nuestra supervivencia, y con ella, la de una muchedumbre de especies. Como no somos capaces de auto-organizarnos para mantener condiciones de habitabilidad de nuestro planeta, necesitamos un orden emergente que nos permita adaptarnos a un planeta que nos queda chico. Ese orden es el Estado.

¿Qué podemos hacer?. En la lucha por la conservación de la naturaleza nos enfrentamos a un enemigo gigantesco para nuestras tierras y gentes, que es esta sobredosis de neoliberalismo globalizador. Los politólogos hablan del fin de la historia ante la falta de alternativas a esta fuerza devastadora. Ya está, vencimos, dicen. Sin embargo, desde el humus de los bosques se levanta una nueva fuerza, una alternativa que nos permitirá sobrevivir en coexistencia con las otras especies, que nos permitirá poner a salvo lo último que queda del mundo que queremos mediante fuertes políticas de conservación. Somos diminutos ante el gigante, como una abeja frente a un rinoceronte que avanza al galope. Sólos no podemos, y mucho menos enfrentados entre nosotros como una jauría desorientada. Deberíamos integrar fuerzas para presionar al Estado en el cumplimiento de sus funciones para el bien común y la supervivencia a futuro. Para ello hace falta, en orden cronológico: 1) conocimiento de calidad, 2) acciones para inflamar la conciencia pública sobre bases reales y serias elaboradas en el primer paso, 3) movilizar las fuerzas públicas para empujar al Gobierno en la dirección ecológicamente correcta, 4) hacer las leyes necesarias y hacerlas cumplir. Una abeja frente a un rinoceronte, desorganizada y aislada, termina aplastada. Pero un enjambre de abejas laboriosas, e interconectadas, pueden picotear al rinoceronte hasta arrojarlo al precipicio. Eso es lo que tendríamos que hacer. Parafraseando a Hamlet frente a la calavera de nuestra especie extinta junto a muchas otras, podríamos decir: To be a bee, this is the question.


El paradigma de manejo integrado de ecosistemas completos como un juego de fuerzas entre conservación y desarrollo, para el logro del mejor mosaico posible. (Ilustraciones de Ana Monjeau)

Notas:
(1) Artículo escrito exclusivamente para Conservation Land Trust.
(2) Un reciente estudio de CI demostró que las áreas protegidas de categoría I son las que mejor han resistido la transformación del entorno en áreas de alta presión, salvo si la presión es de grupos petroleros.
(3) Me refiero a conservación estricta en el sentido de las categorías I y II de la IUCN en comparación a las III a VI, que podríamos englobar en una categoría de "recursos manejados".
(4) Me refiero a La Fenomenología del Espíritu (1807) y su dialéctica del amo y del esclavo.
(5) He tomado prestada esta última frase de una conversación con Victor Hugo Inchausti.
(6) A mi tampoco.
(7) Ya es un lugar común escuchar vaticinios catastrofistas motivado por el peligro inminente de que los chinos y los hindúes pretendan parecerse a nosotros en nuestros indicadores de prestigio, que son el motor que mueve al consumo y al neoliberalismo globalizador: la lucha por el reconocimiento a través de la adquisición de dichos indicadores.
(8) La revolución conceptual de Nicolás Copérnico consistió en sacar a la tierra del centro del universo y de todo sistema, poniéndola a un costado, humildemente supeditada a leyes superiores.
(9) Desde el cogito ergo sum de Descartes hasta Sartre el hombre ha ocupado la centralidad cognoscitiva en reemplazo del concepto de Dios. Es a partir de Foucault que se propone "la muerte del hombre" como punto de partida epistemológico, pasa a ser un elemento más de la estructura, donde todos los elementos se relacionan entre sí.
(10) "El hombre es el lobo del hombre". También Freud, en El Malestar en la Cultura (1930) se basa en Hobbes para decir que la cultura sujeta al lobo que hay en el hombre: "Debido a la primordial hostilidad entre los hombres, la sociedad civilizada se ve constantemente al borde de la desintegración" […] "La mayor tendencia agresiva del ser humano se aplica a la naturaleza" (p57).